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Dos individuos entran en el mismo momento en el cementerio de Montparnasse. El más espigado de los dos entra por el Boulevard Raspail, va ligeramente encorvado, mirando al suelo, silbando la introducción de Le Sifflet Des Copains de Sheila, pensando en lo inoportuno que es recordar esta ligera y divertida canción en un cementerio. No lo puede evitar, este hombre sufre una enfermedad crónica llamada Pop. Si alguna vez habláis con él, no os enojéis si de golpe se le extravía la mirada y os abandona a media frase. Se trata de su incontinencia mental melódica. Y si os empieza a hablar de la línea de bajo de tal o cual canción, nuestro consejo es que no le alteréis y le sigáis la corriente. Este hombre es Guille Milkyway y no sabe exactamente que está haciendo en este lugar, pero las calles de París le han conducido hasta aquí, o mejor dicho, son las melodías las que le han dirigido hasta aquí, porqué hay una canción por cada calle de París.

Por la entrada del Boulevard Edgard-Quinet se oyen unos pasos. No siguen un patrón rítmico, de hecho se van interrumpiendo bruscamente de vez en cuando. Es un sonido agradable producido por unos finísimos zapatos Repetto pisando la tierra húmeda hasta que ¡Merde! El pie derecho ha tropezado con la tumba de Constantin Brancusi ¡Putain! El izquierdo ha resbalado sobre la tumba de Baudelaire y ¡Joder! Esta vez la palabra malsonante es en castellano porqué se ha dado de bruces contra la lápida de Julio Cortázar. La caprichosa genética de este personaje ha querido que toda su habilidad se concentre en los dedos que usa maravillosamente para tocar los teclados. No se toca el Minimoog con los pies. Su elegancia compensa su torpeza andarina. La elección de los Repetto está calculada: eran los zapatos de Serge Gainsbourg, y Edu Martínez, nuestro dandy navarro, se dirige precisamente al sitio donde está enterrado el fabuloso cantante francés.
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